Poesía Colombiana

Una música que mana de una boca. No, de una oreja. No, más bien, de una palabra. No, mejor, de algo anterior al lodo. Una imposibilidad absoluta de nombrar. Qué bien. Unas voces como un coro dodecafónico. Alguien dirá: “no entiendo” Otro dirá: “no pasa nada” Uno más expresará su tedio. Pero nosotros sabemos —sí, parece— que la persistencia lo es todo hoy. Seguir hablando así estalle la tercera guerra

Él: algas en el estómago riñones recubiertos de musgo un mar imposible. Ella: pulmones que son fuelles y botan aire húmedo espalda acostada en una cama. El gallo: comparte maíz con ellos es y no es el hijo no habla es gordo. Un recuerdo de haber batallado en una guerra. Una dignidad. Una flora en el estómago crece con las lluvias hay que estudiar esa selva con una expedición botánica para nombrar cada especie dibujarla y etiquetarla.

Partitura quinta En la música de los bosques se escucha una, dos y tres veces  el vacío de tu pantalón. A dos tabacos y medio encuentras las lavanderas, enjuagan las manchas. Ellas cantan que la tierra se cura de la enfermedad y se sostiene en asientos de cinco patas para recibir el eco de la selva. Los sobrevivientes te traen una migaja de ternura que alguien equivocó en sus alforjas, y tú la tomas y la amarras a tu cuello para

Kumkunu Sierra Nevada de Santa Marta en voz ijka (arhuaca) He vuelto a verte montaña sagrada, tus dientes hacia el cielo (cada vez menos blancos) pero tu majestuosidad presente. Los primeros rayos me hablaron de ti envuelta en la bruma de la madrugada.   En mi despertar te sueño. ¿Cómo no anhelarte?, de donde vengo el miedo asalta los ojos sin remedio, y los niños adoran héroes falsos y malvados.   En tu orilla veo a los hermanos mayores

Guerras Aqueos y troyanos batallaron. Ilión ardió, ya fue la sangre derramada bajo los ojos de Príamo y Hécuba. ¿Por qué escucho aún el fragor de la guerra?

Me sobra la luz entre las manos  

  Dormido, casi frente al vacío sumergido blandamente en las aguas del Leteo y recordando desde su respiración semiausente aquella dádiva enfermiza de roedores que mueren a la luz de una peste repentina un alguien me previene de otras suertes. Su respiración es un pozo profundo del que brotan peces muertos Que corren por el cauce como una enorme serpiente.   Más allá de las inmediaciones del vértigo, caminando sin vacilar entre las tumbas

La sirena que anuncia la tempestad del amor, las cincocuerdas con las que doblamos y perdimos el mundo,también nos recuerdan la resurrección de las estrellas, (...) Leer texto completo

Abuelo, por descuido, ha dejado caer una vieja caja de fósforos. “Va a temblar”, dice con su suave voz de arena, al tiempo que descifra el azar de las cerillas desperdigadas en el suelo del patio.   “Dios, de tanto correr, se va a dar de bruces contra la montaña”, explica, y nosotros nos miramos unos a otros sin comprender su extraño vaticinio. (...) Leer texto completo

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