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Con el propósito de aproximarnos a los usos de la ciudadanía en relación con las mujeres —ya fueran de las élites o del común— que vivieron durante las primeras décadas de la República, podemos afirmar que las investigaciones realizadas muestran que, en contravía de la visión que representó como excepcionales a las neogranadinas involucradas en los procesos y dinámicas sociales y políticas, en los documentos consultados son muchas las que aparece

La participación de las mujeres en la Independencia de Colombia permanece en gran parte desconocida para la historia, que al centrarse en las batallas y los grandes personajes masculinos se ha referido a ellas solo de manera excepcional, como mártires y heroínas sacrificadas por la patria; como madres, esposas, amantes o hijas de patriotas ilustres, o como un grupo femenino anónimo e indeterminado.

Policarpa Salavarrieta constituye el ícono del sacrificio femenino en la Independencia colombiana. Su agraciada juventud, su trabajo de costurera, su compromiso con la causa revolucionaria y la valentía mostrada en el momento de su fusilamiento la convirtieron en una de las figuras más atractivas del imaginario republicano y de la historia nacional.

La Independencia de la Nueva Granada fue concebida por la historiografía como un movimiento masculino, al resaltar la existencia de unas pocas heroínas con cualidades excepcionales pero sin detenerse en la importancia de la mujer y su contribución en este proceso, con lo cual quedan relegadas a un rol secundario.

En el día de hoy, en que las luces de la razón triunfan de la ignorancia en que nuestros abuelos estuvieron sumergidos, ya es tiempo que renunciemos a la injusta superioridad que exclusivamente usurpamos, y que con tanto esfuerzo intentamos perpetuar (AHN, 1779, f.

Uno tiene una profesión, pero también tiene una vida”. La voz se escucha apacible, como si lo hubiera pensado mucho antes de convencerse de lo que iba a decir. Sentada en su oficina —donde prefiere pasar el menor tiempo posible—, la bióloga María Cristina Martínez Habibe hace un esfuerzo por recordar cómo empezó todo.

Tiene 60 años, “se noten o no se noten”. Nació en Bogotá. Su familia ha vivido allí casi toda la vida. Durante nuestra conversación inicial, en la oficina del primer piso del Instituto de Genética Humana de la Universidad Javeriana, me contó que estudió primaria en uno de esos colegios “de monjas comunes y corrientes”. Luego, dijo, pasó a uno de monjas teresianas, pero de las seglares que se vestían de civil.

—Capitán, capitán, tiene que devolverse. —¿Por qué? ¿Qué pasó? —Porque hay tres personas que no están en el avión. Se quedaron en el aeropuerto de Apiay, y una de ellas es alguien muy famoso que vino desde Estados Unidos.

No le gustan los laboratorios. Prefiere estar con la gente, con esa a la que quiere ayudar valiéndose de su ciencia. Porque, dice ella, la ciencia, su familia y el prójimo son los tres amores que ha tenido en la vida.

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