Reseñas

Ya en 2008, el escritor José Zuleta había reunido en Emprender la noche una selección de su obra poética. La nueva selección que presenta en La mirada del huésped y otros poemas es mucho más que una ampliación o actualización de esa primera antología.

“Salvo la música, todo es mentira”, escribió Cioran. Elkin Restrepo termina uno de sus poemas con un eco a aquella frase del autor rumano: “La música que oyes te salva”. La música, lo único real, es lo que permanece, como la poesía, que es música, y eso lo sabe el poeta, que se aferra a ella para sobrevivir.

Rem tene, verba sequentur (“domina el tema, y las palabras vendrán”), sentenció hace siglos Catón el Viejo. La recomendación del censor romano funciona bien para el pensamiento y la prosa, pero no así para la poesía, donde sucede lo contrario, como ingeniosamente lo planteó Umberto Eco al invertir los términos de la máxima latina: Verba tene, res sequentur (“domina las palabras, y el tema vendrá”).

El muro blanco (tomado de una institución cultural dirigida por Andrés Holguín en Bogotá, siglo anterior). Tamaño: 13,5 x 21,5 cm. Solapas: 10 cm. Contenido: 72 minitextos denominados como “poemas”. Total: 1.293 palabras en 90 páginas. Promedio por página: 14 palabras.

Despuntan dos libros cardinales que han traducido la poesía colombiana al francés. El primero, Poésie colombienne du xxe siècle, edición bilingüe, con traducción de Marilyne-Armande Renard y con selección e introducción —más de 25 páginas tiene dicho estudio— del poeta Fernando Charry Lara. Esta antología publicada en Suiza en 1990 por fortuna fue reeditada por la editorial L’Oreille du Loup en 2017.

El envejecido diccionario que heredé de mi padre dice que lo cotidiano es “lo correspondiente a todos los días”. En “Júpiter”, el último de los diez cuentos que componen La naturaleza seguía propagándose en la oscuridad, la narradora está pasando el fin de semana en la casa de campo que les prestan a ella y a su pareja.

Poco se sabe de Megan Melo, egresada de la Carrera de Creación Literaria de la Universidad Central, quien con apenas 22 años obtuvo el Premio Nacional de Novela Nuevas Voces Emecé-Idartes 2016 con la obra que también fuera su tesis de grado: Incluso los botes pequeños. El escritor Miguel Torres la asesoró en el proceso de edición del texto que, según la autora, fue un trabajo arduo al que le dedicó varios años.

En el cuarto título que compone su Pentalogía de Colombia, Daniel Ferreira continúa este particular y doloroso viaje por las (¿la?) guerras de Colombia. Cada novela nueva ahonda aún más en el origen de la violencia que ha marcado el devenir del país, y explora más atrás en la historia. El año del sol negro sucede en 1900, año clímax de la guerra de los Mil Días por la más que sangrienta batalla de Palonegro.

Es verdad que el epígrafe tomado de Enrique Vila-Matas que escogió como norte la escritora bogotana resume bastante bien el contenido: “La soledad, la locura, el silencio, la libertad...”. Donde nadie me espere no transpira ciertamente el humor de vino seco del autor catalán, pero, ya lo veremos, esas cuatro palabras colosales enmarcan esta historia de Gabriel contada por Bonnett.

“Todo el mundo es Popayán” llegó a ser una expresión popular en el siglo XIX. Era la línea de un poema que señalaba la ubicuidad de las virtudes y los vicios, y ponía en evidencia la centralidad y la importancia de la llamada Ciudad Blanca. Escenario de la historia, cuna de presidentes, la capital del hoy departamento del Cauca gozó de una distinción que el tiempo parece haberle arrebatado.

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