Reseñas

El autorretrato de sir Joshua Reynolds en la carátula del libro de Zuleta está lleno de significados: el pintor deslumbrado, atenuando la luz canicular con su mano a modo de visera, observa a su modelo, que es él mismo. Parece repetir de dientes para adentro su frase sobre Rembrandt, según la cual el maestro unificaba sus obras pintando “poco más que un punto de luz en medio de una enorme cantidad de sombras”.

En el libro sexto de la Eneida, Eneas desciende al Hades y transita entre las almas de los muertos. Durante la travesía se encuentra con el alma de su padre Anquises, que aparece bebiendo las aguas del Leteo en la fuente del olvido. A las almas de los muertos las renueva el olvido. Con el suicidio de Dido en Cartago, esta escena es uno de los pocos recuerdos que preservo de la épica de Ovidio.

Esta esperada antología reúne poemas de 19 libros escritos por Juan Manuel Roca en 31 años. Del primero al último, una figura mutante, a la que se le atribuyen distintas cualidades y funciones, ronda por su poesía. A veces proviene del mundo de los sueños, a veces del mundo de los muertos y, otras, de la literatura. Se asoma por primera vez en Memoria del agua (1973): “Pienso / en este fantasma / que criba en la noche / el sueño de los hombres.

Estoy desplegado en el tiempo. Fluyo en él como una criatura sin señales. Su inicio apenas lo vislumbro. Y su final es un vaho que percibo en el aire. Una estela de gemidos, no obstante, me contiene. Pasan las generaciones apoyadas en mi hálito. Y como el viento en la arena de la tormenta, me hundo en lo transcurrido. (p. 11)

La novedad de esta antología radica en que es la primera vez que se convoca a 26 mujeres poetas vivas, de seis departamentos del Caribe colombiano. Cada una de ellas comparte en 16 páginas su versión del mundo. No hay acá distinciones, ni consideraciones especiales; resalta la igualdad y el respeto, tanto para las poetas inéditas como para las más experimentadas.

El libro tiene la portada rosada. El tono del rosado, intenso y asfixiante, anticipa la atmósfera de la novela, que transcurre en una Cali calurosa revelada a través de las historias de personajes obsesionados con la moda y la muerte. En la portada hay dos imágenes en tinta negra: del borde superior cuelga la garra de un gallinazo, del borde inferior emerge la cara. Detrás de cada solapa se esconde, coqueta y diminuta, una mosca.

Lucien Renchon es un hombre adulto, alto de estatura, dueño de una galería de arte y muy respetado en su entorno, que habita en una casa de Lieja, la vieja ciudad belga. En su casa alquila una habitación a Charlotte, una muchacha de origen desconocido que de un tiempo acá se ha convertido en una presencia importante para él.

Hace poco, el escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya dijo que la novela corta latinoamericana gozaba de buena salud. Y vaya que tenía razón, como también la tenía Mario Vargas Llosa al afirmar, con motivo de la publicación de El sueño del celta en 2010, que la novela en general penetraba robusta en el siglo XXI de la mano de autores audaces y originales.

Al otro lado del mar, de la escritora antioqueña María Cristina Restrepo, es una de esas novelas que entran a formar parte del acervo emocional de sus lectores. Narra una historia que atrapa desde el título mismo, por esa misteriosa ambigüedad que sitúa la narración desde dos orillas: el Caribe cartagenero, al comienzo, y luego Berlín, Bremen y Stettin —una ciudad perdida en el gélido Báltico—.

Estamos tan acostumbrados a la violencia que muchas veces nos quedamos con datos escuetos, la cifra de muertos luego de una guerra. Del Holocausto, por ejemplo, tenemos cifras aproximadas de 11 millones de muertos, entre judíos, gitanos y otras etnias, con un número aterrador de 15.000 muertos diarios. Pero, ¿qué historia había tras cada hombre, mujer, niño o niña? En la exposición “Auschwitz. No hace mucho.

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