Reseñas

Una advertencia: hay que sospechar cuando un autor es más conocido que su obra, y no al revés, cuando la obra es más conocida que el autor. ¿Hay alguien en Colombia —con tan solo un somero panorama del acervo literario— que ignore quién es Mario Mendoza?

¿Y qué es la literatura si no la gran historia del mundo bien contada? Álvaro Cepeda Samudio Cualquier semejanza entre la historia y la literatura es accidental. Guillermo Cabrera Infante  

“Era más grande el muerto” es un dicho no solo colombiano, sino también mexicano y, tal vez, latinoamericano, con el que reímos y entrampamos a la muerte para atisbar el otro lado del espejo. Pero también es el título de la primera novela de Luis Miguel Rivas, escritor, libretista y realizador audiovisual radicado en Argentina, cuyos tres libros anteriores dan cuenta de su experiencia como cuentista.

Se conoce con el nombre de literatura exofónica aquella escrita por autores en una lengua diferente a su lengua materna. Quizás los ejemplos más memorables de autores de este tipo de literatura son Conrad y Nabokov. El primero, originalmente polaco, comenzó a trabajar en flotas mercantes a la edad de 17 años, en Francia y después en Gran Bretaña, durante quince años en los que recorrió las colonias de este imperio en África.

Eduardo Peláez Vallejo es un caso atípico dentro del panorama actual de la literatura colombiana: un escritor que comienza a publicar pasados los 50 años y que en dos décadas ha publicado escasas 900 páginas repartidas en Retratos (2001), Desarraigo (2011), Este caballero a caballo (2013) y Aves de paso (2017). La obra de Peláez, más intensa que extensa, ha sido una exploración constante por los mismos universos temáticos y estilísticos.

El 20 de diciembre de 1995, el vuelo 965 de American Airlines que hacía la ruta entre Miami y Cali se estrelló contra una montaña en la zona rural de Buga, luego de una serie de  esafortunados errores por parte de los pilotos. El Boeing 757 colisionó a más de 300 kilómetros por hora en una zona boscosa a la cual difícilmente accedieron los cuerpos de salvamento y las autoridades.

Contenido explícito (qué buen título) es una apuesta grande. Gaviria (1980) y la editorial asumieron el riesgo de publicar en un mismo volumen tres novelas que, más allá de la obviedad de suceder en Estados Unidos y estar llenas de violencia, no parecen tener mucho en común. No obstante, funcionan bastante bien juntas, quizás porque lo que realmente las une es el dolor: son tres buenas historias tristes.

La gran fortaleza de esta novela radica en su trama. Albeiro Echavarría se valió de hechos acaecidos en Yarumal (Antioquia), a finales del siglo XX, para crear una historia interesantísima. Hay que decir que esta población ha sido un punto estratégico del conflicto colombiano: durante años, narcotraficantes, guerrilleros y paramilitares se han peleado este corredor que conecta el norte de Antioquia tanto con la costa Caribe como con la Pacífica.

Es muy difícil encontrar un libro para niños que hable sobre discapacidades, y que lo haga de manera natural y poética; sin aleccionamientos ni consideraciones especiales que, aunque con buenas intenciones, terminan por diferenciar y apartar al discapacitado.

Con gran razón advirtió la crítica y editora Lucía Borrero sobre el elemento innovador que introdujo en la literatura colombiana El imperio de las cinco lunas (1998) al clasificarla dentro del género de la “metaficción para jóvenes”, esto es, obras que no solo cuentan historias, sino que exponen un discurso reflexivo sobre la historia (“Narrativas de fin de siglo para niños y jóvenes”, Revista Latinoamericana de Literatura Infantil y Juvenil, n.o

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