No bien nos alejamos de la Sabaneta, el bosque volvió a adquirir su aspecto salvaje; la maleza se apretaba más y más; los troncos de árboles derribados eran más numerosos y nuestro tránsito se hacía cada vez más difícil.
Uníase a esto el grave inconveniente de una yerba espesísima, que crece en aquellos lugares hasta la altura de dos o tres metros, semejante a la de los juncales de Europa; pero cuyas hojas estrechas y largas están provistas de menudos dientecillos retráctiles en forma de sierra, que se adhieren a cualquier objeto con una fuerza tal que destrozan la ropa y arañan profundamente la piel, dejando un escozor que molesta mucho por espacio de algunas horas.
Yo, a pesar de mis guantes y de haberme cubierto el cuello con un pañuelo, saqué varios arañazos y no pocos desgarrones en el vestido. La tal yerba es conocida en el país con el nombre de lambedora (lamedora), y se produce en él con lamentable abundancia. Ignoro cuál sea su nombre científico; pero me es tan poco agradable su recuerdo, que no trataré de averiguarlo.